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Relatos sado; La reina

Relatos sado; La reina Publicado en la seccion: Relatos sado
Titulo: Relatos sado; La reina
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Ya había perdido la esperanza. Salía de casa, camino del trabajo, cuando sonó el teléfono. Dudé. Siguió sonando el teléfono. Con un gesto de enfado del que sólo yo fui mi propio testigo volví sobre mis pasos. Aquel número me parecía conocido de algo. Descolgué. Al otro lado, una voz firme de mujer se limitó a decir mi nombre:

-Narciso -ni se molestó en preguntar si era yo.

-Sí -respondí con voz temblorosa y, al mismo tiempo, ansiosa de seguir escuchando.

-¿A qué hora sales del trabajo?

-A las cinco de la tarde.

-Toma nota: Avenida de las Artes 25, 1ºA. A las cinco y media debes llamar al timbre del portal, ni un minuto después.

Las horas pasaron lentas. Las agujas del reloj que presidía mi despacho se movían perezosas como nunca lo habían hecho. Por fin marcaron las cinco de la tarde. Recogí todo, bajé al garaje saltando lo escalones de tres en tres, no tenía tiempo de esperar al ascensor. A las cinco y media en punto de la tarde toqué el timbre.

-Sube -oí.

La puerta se abrió sin pedir más datos. Sólo una orden. Llegué frente a la puerta. Iba a tocar el timbre cuando ésta se abrió suavemente.

-Entra con los ojos cerrados. Cuando sientas una mano sobre tu hombro, arrodíllate.

Era la voz que oí por el teléfono. La puerta se abrió lo suficiente como para dejarme pasar. Lo hice siguiendo la orden recibida. Una mano se apoyó en mi hombro, me arrodillé. Una cinta negra, ancha y muy tupida cubrió mis ojos mientras dos manos se agachaban y tomaban las mías a la espalda. Son dos personas, pensé.

-No tienes autorización ni para pensar -oí-. Ahora, sin levantarte ni tocarte la cara desnúdate y

deja caer la ropa delante de ti.

Esta vez era una voz masculina. ¿Habría adivinado mi pensamiento?

Desnudo, arrodillado ante dos o más personas, mis ojos tapados… ¿Qué era? ¿Un juguete para no sabía quién? No tuve mucho tiempo para pensar. Unas manos fuertes y grandes tomaron las mías y antes de poder reaccionar lo más mínimo, sentí que estaba esposado, un tirón más, y noté cómo las esposas habían quedado sujetas de alguna manera a mis tobillos. Arrodillado, mi cuerpo inclinado hacia atrás me sentí un simple juguete de mi Ama…

-Vamos, abre la boca.

La abrí… una verga, grande y dura penetró hasta mi garganta. Apretó hasta hacerme daño y después de salir hasta percibir su glande en la punta de mi lengua oí la orden:

-Molesta, ¿verdad? La cuestión es muy sencilla. Lame despacio, acaricia con tu lengua mis huevos, la puntita… baja hasta el agujerito de mi culo y lo dejas limpito con tu saliva… y así hasta que te merezcas un vasito de leche, ¿vale?

No pude responder. De nuevo la verga se clavó en mi garganta hasta que un gemido mío dio a entender que aceptaba la orden. Lamí, besé, gocé de aquello como si fuese el más pervertido de los homosexuales. Debí hacerlo bastante bien, pues pocos minutos después, una mano firme se apoyó en mi nuca y apretó su verga contra mi boca… Tragué hasta la última gota de la leche que me regaló.

-Bien hecho. Mamón.

En premio, me desataron.

-Ahora camina de frente…

Lo hice hasta que tropecé con un cuerpo desnudo.

-Arrodíllate y lame como sólo una puta sabe hacerlo.

Pensé que otra verga me penetraría de nuevo con idéntica o mayor fuerza… Pero no era así, encontré una raja húmeda y sabrosa, era algún coñito empapado de los jugos que manaban de su interior… pero no, aquel sabor me recordaba un sabor muy reciente. Aquel coño acababa de recibir en su seno la corrida de un hombre que, a juzgar por lo que tuve que trabajar para dejarlo limpio, debió ser copiosa. Saboreé aquella preciosa joya hasta que creí que estaba limpia… pero no.

-Abre más la boca, cerdo.

La abrí… de nuevo una mano en mi cuello, apretó mi cara contra aquel coño limpio como sólo una lengua ansiosa de sexo podía hacer… entonces fue un líquido salobre, caliente el que cayó garganta abajo…

-Bébetelo todo. No dejes caer ni una gota o tendrás que comerte una buena morcilla recién hecha…

Ante la amenaza, bebí aquel caudal que manaba hasta tragarme la última gota. Metí mi lengua para dejarlo limpio y suave… fue entonces cuando noté nuevos flujos que manaban. Un grito de placer fue la mejor recompensa que pude tener.

Mi pene me dolía, tan grande era la excitación que aquellas maniobras me habían producido.

-Mira… el bicho también siente y cree que tiene derecho a gozar…

Una mano acarició mis testículos suavemente… Era maravilloso. Pero de golpe, la mano se convirtió en una garra apretó mis huevos, tiró de ellos y los retorció hasta causarme tal dolor que ya no tenía ni fuerzas para gritar. Los soltó… iba a suspirar cuando un golpe seco, posiblemente un pie descalzo, dejó caer toda su potencia en mi entrepierna. Tan fuerte fue el dolor que no pude resistir la eyaculación que brotó de mi pene y que, a juzgar por las quejas de la mujer, debió caerle en su pie.

-Abre la boca, cerdo.

La abrí… una mano se apoyó de nuevo en mi cuello. Esta vez lo apretó y bajó mi cabeza hasta sentir en la boca los dedos de un pie… la mano me fue subiendo pie arriba hasta que unas gotas de humedad me revelaron lo que estaba lamiendo. Era mi propia leche.

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